¿Por qué los ciudadanos tenemos que pagar las pérdidas que han sufrido los bancos a consecuencia de la desastrosa gestión de sus dirigentes? ¿Cómo, hasta ahora, los políticos de la Unión Europea no se han planteado la necesidad de reformar un sistema financiero que ha provocado la catástrofe que estamos viviendo? Si los trabajadores están en paro o trabajando en peores condiciones que hace muchos años, si los empresarios están aguantando la quiebra de muchas empresas, si los Estados carecen de recursos económicos y tienen que reducir diariamente sus gastos, si los bancos carecen de capitales para dar créditos y necesitan saquearnos, ¿dónde está el dinero? ¿En los paraísos fiscales, esperando tiempos mejores? Son preguntas simples que se hacen las gentes sencillas a las que nadie contesta claramente. Sólo se nos habla de la deuda suprema, de austeridad y recortes, de rescates, de más recesiones.
Después de tres años de crisis, de reuniones del G-20, del Ecofín, de los ministros de Economía, de los jefes de Estado y de Gobierno –que recuerdan un poco la zarzuela El Rey que rabió–, de declaraciones y resoluciones múltiples, cada vez estamos peor. ¿No es para inquietarse o para tener miedo, para que el ciudadano pregunte: pero en qué manos estamos? ¿Acaso no hay razones para dudar de la aptitud de los políticos que nos gobiernan y no sólo de eso, sino de su voluntad para atacar las raíces del mal? En esta época en que la generalidad de los líderes que salen de los cargos públicos termina jubilándose en el mundo de los negocios, se produce una simbiosis entre la política y los negocios. Hablamos mucho de que el poder político debería dirigir la economía y al final resulta que en este sistema social en que vivimos ambos espacios resultan ser lo mismo. En todo caso, tenemos derecho a pensar que pasados tres años de reuniones en la cumbre y, sin duda, de muchas horas de trabajo de cientos de asesores, con resultados tan catastróficos, los líderes de Europa se están equivocando y no acaban de ver o no quieren ver el verdadero problema. A los tres años de priorizar la recapitalización de la banca, de empeñarse en premiar a los culpables de la crisis, de ajustarse a los mandatos de los mercados todo ha empeorado y lo único conseguido es crear una descomposición de la sociedad, una ruptura de la cohesión social que no se sabe hasta qué extremo podría llegar, pero probablemente a una gran involución, a un retroceso de más de un siglo.
La semana anterior la iniciativa de Papandreu intentando hacer un referéndum en Grecia provocó un auténtico seísmo. Y, sin embargo, aunque tarde, tenía un motivo. Por primera vez se preguntaba la opinión del pueblo en un tema que le afecta de lleno y sobre el que no había podido expresarse más que con huelgas y manifestaciones de protesta en la calle, reprimidas brutalmente en algunos casos. Eso a pesar de hallarnos en países formalmente organizados sobre el principio de la soberanía popular. Quizá debería haberse comenzado por ahí: pero el método con que se ha realizado la unidad europea, muy funcional pero poco democrática, el alejamiento de las masas populares en todo el proceso constituyente ha creado hábitos que pueden ser un lastre para el futuro de la nueva Europa. Nos encontramos en una situación que recuerda el huevo de Colón. Hay que poner en pie lo que está patas arriba.
Como la realidad ha puesto de manifiesto, lo que se necesita es una reforma global del sistema financiero. En vez de poner a éste en el banquillo, se ha puesto a las víctimas. Y esas víctimas son los parados, la juventud, los pequeños empresarios, la sanidad, la educación, primero Grecia, luego Irlanda y Portugal.
Después podrían venir España e Italia. Nadie está seguro de su futuro. El problema es que mientras se rebaña hasta el último euro para darlo a la banca y la Bolsa sigue siendo un casino; mientras todos los recursos van a quienes nos han metido en este hoyo, no hay dinero para lograr lo único que puede salvar el crecimiento, sin el que no lograremos salir de la crisis.
El problema es que el dinero había que dárselo a los ciudadanos en forma de salario digno, de subsidios y pensiones, para que se potencie la demanda y las empresas vuelvan a producir y crezca el empleo. Eso no va a hacerlo una clase política que salta tan fácilmente del Parlamento o del Gobierno a los negocios y viceversa. El cambio es necesario. Pero no para ir, como suele decirse, de Málaga a Malagón, de Zapatero a Rajoy, como puede sucedernos a los españoles.
Después de tres años de crisis, de reuniones del G-20, del Ecofín, de los ministros de Economía, de los jefes de Estado y de Gobierno –que recuerdan un poco la zarzuela El Rey que rabió–, de declaraciones y resoluciones múltiples, cada vez estamos peor. ¿No es para inquietarse o para tener miedo, para que el ciudadano pregunte: pero en qué manos estamos? ¿Acaso no hay razones para dudar de la aptitud de los políticos que nos gobiernan y no sólo de eso, sino de su voluntad para atacar las raíces del mal? En esta época en que la generalidad de los líderes que salen de los cargos públicos termina jubilándose en el mundo de los negocios, se produce una simbiosis entre la política y los negocios. Hablamos mucho de que el poder político debería dirigir la economía y al final resulta que en este sistema social en que vivimos ambos espacios resultan ser lo mismo. En todo caso, tenemos derecho a pensar que pasados tres años de reuniones en la cumbre y, sin duda, de muchas horas de trabajo de cientos de asesores, con resultados tan catastróficos, los líderes de Europa se están equivocando y no acaban de ver o no quieren ver el verdadero problema. A los tres años de priorizar la recapitalización de la banca, de empeñarse en premiar a los culpables de la crisis, de ajustarse a los mandatos de los mercados todo ha empeorado y lo único conseguido es crear una descomposición de la sociedad, una ruptura de la cohesión social que no se sabe hasta qué extremo podría llegar, pero probablemente a una gran involución, a un retroceso de más de un siglo.
La semana anterior la iniciativa de Papandreu intentando hacer un referéndum en Grecia provocó un auténtico seísmo. Y, sin embargo, aunque tarde, tenía un motivo. Por primera vez se preguntaba la opinión del pueblo en un tema que le afecta de lleno y sobre el que no había podido expresarse más que con huelgas y manifestaciones de protesta en la calle, reprimidas brutalmente en algunos casos. Eso a pesar de hallarnos en países formalmente organizados sobre el principio de la soberanía popular. Quizá debería haberse comenzado por ahí: pero el método con que se ha realizado la unidad europea, muy funcional pero poco democrática, el alejamiento de las masas populares en todo el proceso constituyente ha creado hábitos que pueden ser un lastre para el futuro de la nueva Europa. Nos encontramos en una situación que recuerda el huevo de Colón. Hay que poner en pie lo que está patas arriba.
Como la realidad ha puesto de manifiesto, lo que se necesita es una reforma global del sistema financiero. En vez de poner a éste en el banquillo, se ha puesto a las víctimas. Y esas víctimas son los parados, la juventud, los pequeños empresarios, la sanidad, la educación, primero Grecia, luego Irlanda y Portugal.
Después podrían venir España e Italia. Nadie está seguro de su futuro. El problema es que mientras se rebaña hasta el último euro para darlo a la banca y la Bolsa sigue siendo un casino; mientras todos los recursos van a quienes nos han metido en este hoyo, no hay dinero para lograr lo único que puede salvar el crecimiento, sin el que no lograremos salir de la crisis.
El problema es que el dinero había que dárselo a los ciudadanos en forma de salario digno, de subsidios y pensiones, para que se potencie la demanda y las empresas vuelvan a producir y crezca el empleo. Eso no va a hacerlo una clase política que salta tan fácilmente del Parlamento o del Gobierno a los negocios y viceversa. El cambio es necesario. Pero no para ir, como suele decirse, de Málaga a Malagón, de Zapatero a Rajoy, como puede sucedernos a los españoles.