
Más de treinta años después de la Transición Democrática, cuando podía esperarse que el nuevo sistema estuviera plenamente consolidado, la crisis financiera parece haber puesto patas arriba las conquistas políticas, sociales, culturales, consagradas en la Constitución de 1978. Es como si la crisis hubiera desatado todos los demonios lares de la Historia atormentada de España, resucitados por la ola de neo-conservadurismo que cruza hoy al mundo occidental. En muchos medios de comunicación, publicaciones y sectores políticos o empresariales se desarrolla una filosofía que tiene su arranque en la conocida escuela de Chicago y actualiza las peores concepciones sobre las relaciones Capital-Trabajo, dominantes hace un siglo o mas. Según estas, la clase de los empresarios es intocable y la mayor aspiración de un joven hoy debe ser llegar a empresario. Los trabajadores manuales o intelectuales, considerados simples peones de aquellos. No es el Trabajo el productor de la riqueza, sino el genio del empresario. Por consiguiente no tiene por qué haber un Estado de bienestar que redistribuya las riquezas y disminuya las desigualdades. Para ello los Sindicatos como instrumentos de unidad y defensa de los trabajadores organizados a nivel nacional e internacional no son necesarios y en todo caso podrían existir a nivel de la empresa sin conexiones entre sí, colaborando con los empresarios para mantener el orden social existente. Habría que proclamar el fin de la lucha de clases, etc. etc.
Un salto atrás en lo social, acompañado de un sistema político bipartidista, con la desaparición de los conceptos de Izquierda o Derecha, que según esa filosofía ya no tiene razón de ser, habiendo dos partidos que están de acuerdo en no poner en cuestión el sistema capitalista.
El representante típico de esa ideología en nuestro Estado es hoy el Partido Popular. Y el desprestigio del PSOE proviene de que, como en general sucedió a la Socialdemocracia europea, ha perdido su sustancia socialista bajo la influencia liberal, mientras el movimiento comunista era disgregado por el final desastroso de la experiencia soviética, al que no fue capaz de sobreponerse.
Y hoy, frente a la inminencia de unas elecciones generales nos encontramos con que no existe una referencia auténtica de izquierda capaz de dejar en minoría al partido de la derecha unida, el PP que por no estar en el poder no ha sufrido el desgaste producido pr la crisis económica en los partidos europeos.
La verdad es que somos muchos los españoles a los que la posibilidad de una victoria del PP intranquiliza. Porque aún reconociendo que en el PP puede haber un sector moderado y a la vez respetuoso de los avances democráticos habidos en España, parecen muchos y muy activos en él los elementos de la derecha que no han roto el cordón umbilical con el pasado franquista y detrás de ese partido está la jerarquía de la Iglesia católica –que en España se diferencia de las de otros países europeos en que ha permanecido enganchada en una mentalidad de la Edad media—sectores que dan la impresión de ver las elecciones como la ocasión de tomar la revancha contra lo que significó la Transición Democrática.
Ante el peligro que supondría un cambio así, somos muchos los electores de izquierda o simplemente demócratas, que en estos momentos nos preguntamos ¿a quién debo votar? Y en tales circunstancias hay dos votos posibles: el voto del mal menor, a Rubalcaba, pensando que de ese modo se evite la posibilidad de que las cosas todavía vayan a peor. O bien el voto al referente político que sabemos va a defender nuestras propias opiniones en el Congreso, aunque el efecto solo sea testimonial. Por ejemplo: si yo estuviera censado en Asturias, votaría a Gaspar Llamazares, sabiendo que su palabra en las Cortes, aunque esté en minoría va a formar opinión en la calle y va a estimular la movilización popular.
Si las encuestas se cumplen habría un Gobierno del PP y si logra mayoría absoluta va a ser más fácil que las cosas vayan a peor. Por ello las Izquierdas deberían comenzar ya a pensar cual debería ser su estrategia a partir del 20-N. En tal caso pienso que la primera obligación sería abordar responsablemente la tarea de la unión de la Izquierda y de las fuerzas progresistas. Los socialistas tendrían que aceptar que no representan a toda la izquierda y que el PSOE ejecutando políticas liberales ha perdido autoridad. Por su parte, los grupos minoritarios, de mayor o menor entidad tendrían que ver que dispersos como están hoy nunca llegarán muy lejos.
En esta perspectiva es importante el apoyo y la defensa de los Sindicatos, que son la única organización de resistencia que tienen los trabajadores, que está en pié con una fuerza y un peso social efectivos.
También deberíamos apoyar, respetando su independencia al 15M, pues en una situación como la que puede sobrevenir la acción democrática en calles y plazas, puede ser el terreno esencial en el que los ciudadanos tengan que defender sus derechos.
En este momento habría que acelerar los esfuerzos para crear por fin con coraje y generosidad una nueva formación de izquierda transformadora, unitaria, capaz de recuperar la fuerza social que esta tendencia tuvo en otros tiempos y que fue determinante, una formación adaptada a los nuevos tiempos.
Las elecciones del 20 de noviembre son muy importantes; pero ahí no termina ni nuestra lucha ni la Historia y habrá que seguir la acción por el desarrollo del Estado de bienestar y la consolidación de la democracia española. Entre otras cosas, la crisis, lamentablemente va a seguir produciendo estragos y la lucha por el cambio de las políticas inspiradas exclusivamente en el interés de la Banca tiene que intensificarse.
Un salto atrás en lo social, acompañado de un sistema político bipartidista, con la desaparición de los conceptos de Izquierda o Derecha, que según esa filosofía ya no tiene razón de ser, habiendo dos partidos que están de acuerdo en no poner en cuestión el sistema capitalista.
El representante típico de esa ideología en nuestro Estado es hoy el Partido Popular. Y el desprestigio del PSOE proviene de que, como en general sucedió a la Socialdemocracia europea, ha perdido su sustancia socialista bajo la influencia liberal, mientras el movimiento comunista era disgregado por el final desastroso de la experiencia soviética, al que no fue capaz de sobreponerse.
Y hoy, frente a la inminencia de unas elecciones generales nos encontramos con que no existe una referencia auténtica de izquierda capaz de dejar en minoría al partido de la derecha unida, el PP que por no estar en el poder no ha sufrido el desgaste producido pr la crisis económica en los partidos europeos.
La verdad es que somos muchos los españoles a los que la posibilidad de una victoria del PP intranquiliza. Porque aún reconociendo que en el PP puede haber un sector moderado y a la vez respetuoso de los avances democráticos habidos en España, parecen muchos y muy activos en él los elementos de la derecha que no han roto el cordón umbilical con el pasado franquista y detrás de ese partido está la jerarquía de la Iglesia católica –que en España se diferencia de las de otros países europeos en que ha permanecido enganchada en una mentalidad de la Edad media—sectores que dan la impresión de ver las elecciones como la ocasión de tomar la revancha contra lo que significó la Transición Democrática.
Ante el peligro que supondría un cambio así, somos muchos los electores de izquierda o simplemente demócratas, que en estos momentos nos preguntamos ¿a quién debo votar? Y en tales circunstancias hay dos votos posibles: el voto del mal menor, a Rubalcaba, pensando que de ese modo se evite la posibilidad de que las cosas todavía vayan a peor. O bien el voto al referente político que sabemos va a defender nuestras propias opiniones en el Congreso, aunque el efecto solo sea testimonial. Por ejemplo: si yo estuviera censado en Asturias, votaría a Gaspar Llamazares, sabiendo que su palabra en las Cortes, aunque esté en minoría va a formar opinión en la calle y va a estimular la movilización popular.
Si las encuestas se cumplen habría un Gobierno del PP y si logra mayoría absoluta va a ser más fácil que las cosas vayan a peor. Por ello las Izquierdas deberían comenzar ya a pensar cual debería ser su estrategia a partir del 20-N. En tal caso pienso que la primera obligación sería abordar responsablemente la tarea de la unión de la Izquierda y de las fuerzas progresistas. Los socialistas tendrían que aceptar que no representan a toda la izquierda y que el PSOE ejecutando políticas liberales ha perdido autoridad. Por su parte, los grupos minoritarios, de mayor o menor entidad tendrían que ver que dispersos como están hoy nunca llegarán muy lejos.
En esta perspectiva es importante el apoyo y la defensa de los Sindicatos, que son la única organización de resistencia que tienen los trabajadores, que está en pié con una fuerza y un peso social efectivos.
También deberíamos apoyar, respetando su independencia al 15M, pues en una situación como la que puede sobrevenir la acción democrática en calles y plazas, puede ser el terreno esencial en el que los ciudadanos tengan que defender sus derechos.
En este momento habría que acelerar los esfuerzos para crear por fin con coraje y generosidad una nueva formación de izquierda transformadora, unitaria, capaz de recuperar la fuerza social que esta tendencia tuvo en otros tiempos y que fue determinante, una formación adaptada a los nuevos tiempos.
Las elecciones del 20 de noviembre son muy importantes; pero ahí no termina ni nuestra lucha ni la Historia y habrá que seguir la acción por el desarrollo del Estado de bienestar y la consolidación de la democracia española. Entre otras cosas, la crisis, lamentablemente va a seguir produciendo estragos y la lucha por el cambio de las políticas inspiradas exclusivamente en el interés de la Banca tiene que intensificarse.